SALUDA
ROCÍO BLANCO EGUREN
Consejera de Empleo, Empresa y Trabajo Autónomo
Tuve la suerte de disfrutar durante una breve etapa de Cádiz, a la que llegué por mis obligaciones laborales, y bastó poco tiempo para comprender que esta ciudad se entiende mejor desde su talento que desde sus despachos.
Durante esos meses aprendí que el Carnaval no es solo un acontecimiento, es un proceso paciente y colectivo donde los artesanos son el primer latido.
En talleres discretos, lejos del foco, vi cómo el Carnaval empezaba a existir mucho antes de que los autores pisaran las tablas: nacía en la madera que se corta para crear cada escenografía; en la tela que cose los tipos; en el maquillaje que ensalza un gesto, o en el cartón que se convierte en ingenio.
Entendí que Cádiz se construye cada año desde el oficio, desde la creatividad de quienes dan forma material a los sueños que más tarde entonan en el Falla.
Porque el Carnaval no empieza en febrero. Empieza desde que termina el último compás del año anterior, cuando los compositores ya barajan nuevos tipos, nuevas ideas, nuevas letras. Los talleres se llenan de telas y materiales, de lápices, pinceles y tijeras; la mano del artesano empieza a dar forma a lo que nació primero en la imaginación de los autores. Costureras y sastres que hacen magia con los tejidos, peluqueros y maquilladoras que dan alma a cada personaje, carpinteros y escenógrafos que levantan mundos sobre el escenario. Cada detalle, desde Puntales a la Caleta, se prepara, se ensaya, se sueña. Sin eso, Cádiz perdería su latido, un pulso creativo que no conoce pausa.
Sin Carnaval, la ciudad perdería algo más que una fiesta. Perdería su manera de hablarse a sí misma, de reírse de lo propio, de criticar con ingenio, de emocionarse y compartir. Cada agrupación, cada artista, cada familia que participa, late en un corazón que va mucho más allá de febrero.
Está en la idiosincrasia del gaditano, en su ironía, en su gracia, en su manera de vivir la vida con un compás propio, con un duende que no se encuentra en ningún otro lugar.
Cádiz tiene Carnaval gracias al talento de su gente, a las manos de sus artesanos, a la complicidad de sus familias y a la emoción que inunda el Teatro Falla y cada rincón de la ciudad que cada febrero se viste de música, de color, de ingenio y de vida.
Cádiz sin sus artesanos sería impensable, como impensable sería esta ciudad sin su Carnaval. Y Cádiz, con Carnaval, es una Cádiz que ríe, que canta, que llora, que sueña… y que nunca, nunca se calla.